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¿Por qué los jóvenes no pueden comprar una casa? | José Eduardo López Portillo

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    José Eduardo López Portillo
  • hace 18 horas
  • 10 min de lectura
José Eduardo López Portillo, especialista en economía, análisis económico y políticas públicas
¿Por qué los jóvenes no pueden comprar una casa? | José Eduardo López Portillo

Comprar una casa se ha convertido en una de las decisiones financieras más difíciles para las nuevas generaciones en México. El precio de la vivienda, los ingresos laborales, el ahorro necesario para dar un enganche y el costo de los créditos hipotecarios forman una combinación que ha reducido las posibilidades de que una persona joven pueda adquirir una propiedad durante sus primeros años de vida laboral. Para José Eduardo López Portillo, especialista en análisis económico y evaluación de políticas públicas, el problema debe observarse más allá del precio de una casa.


La vivienda está relacionada con el comportamiento de la economía, el mercado laboral, la inversión, el crecimiento de las ciudades y las condiciones en las que se desarrolla el empleo. En un análisis reciente sobre el mercado inmobiliario mexicano, el especialista que el aumento de los precios responde a una combinación de factores, entre ellos los costos de construcción, una mayor demanda y la presión que el crecimiento económico genera sobre determinadas ciudades.


Los datos oficiales muestran por qué la preocupación ha crecido.


Durante el primer trimestre de 2026, el valor promedio de una vivienda adquirida mediante un crédito hipotecario llegó a 2 millones 24 mil 337 pesos, de acuerdo con la Sociedad Hipotecaria Federal. La mediana fue de 1 millón 331 mil pesos y 75% de las operaciones correspondió a viviendas valuadas por debajo de 2 millones 363 mil pesos. En términos anuales, el Índice SHF de Precios de la Vivienda aumentó 8.7%.


El dato permite dimensionar una pregunta que cada vez aparece con mayor frecuencia entre quienes comienzan su vida laboral: ¿cómo puede una persona que todavía está construyendo su patrimonio alcanzar una vivienda cuyo precio crece más rápido que su capacidad de ahorro?


El precio de una casa ya no se explica sólo por el tamaño de la vivienda, según José Eduardo López Portillo


El mercado inmobiliario mexicano no se mueve de la misma manera en todo el país.


Durante los primeros tres meses de 2026, Guadalajara registró un aumento de 12.5% en el Índice SHF de precios de vivienda; Tijuana tuvo un incremento de 11%; Monterrey, de 9.3%; Puebla-Tlaxcala, de 9.2%; León, de 8.2%; Querétaro, de 6.6%; Toluca, de 5.2%, y el Valle de México, de 5.1%.


Las diferencias son relevantes porque muchas de las ciudades con mayor actividad económica también concentran una parte importante de la demanda habitacional.


Monterrey es un ejemplo claro. La llegada de inversiones industriales y la expansión de actividades relacionadas con el nearshoring han incrementado la demanda de trabajadores y, con ella, la necesidad de vivienda. Guadalajara, Querétaro y distintas zonas del Bajío atraviesan procesos similares, aunque con características particulares.


José Eduardo López Portillo ha señalado precisamente esta relación entre crecimiento económico y vivienda. En su análisis del mercado inmobiliario, advierte que el nearshoring representa una oportunidad para México, pero también puede ejercer presión sobre los precios de compra y renta en las ciudades donde se concentra la inversión.


El fenómeno tiene una consecuencia directa para los jóvenes.


Las ciudades que ofrecen más oportunidades laborales pueden ser, al mismo tiempo, aquellas donde comprar o rentar una vivienda resulta más caro.


El primer problema aparece antes de solicitar una hipoteca


Cuando se habla de vivienda suele pensarse inmediatamente en el crédito hipotecario. Para muchos jóvenes, sin embargo, la dificultad comienza mucho antes.


Está en el ahorro.


Una persona que busca comprar una propiedad no sólo necesita demostrar que puede cubrir una mensualidad. También necesita reunir recursos para el enganche y considerar gastos asociados a la operación.


Si una vivienda cuesta 2 millones de pesos y el comprador tuviera que aportar 20% como enganche, necesitaría reunir 400 mil pesos antes de considerar otros gastos.

Para alguien que acaba de incorporarse al mercado laboral, esa cantidad representa varios años de ahorro bajo condiciones ideales.


La realidad suele ser distinta.


Antes de ahorrar para una vivienda, un joven debe pagar renta o compartir una vivienda, transporte, alimentación, servicios, educación, seguros y otros gastos cotidianos. En ciudades como Ciudad de México, Monterrey o Guadalajara, la renta puede representar una parte importante del ingreso mensual.


Así se genera un círculo difícil de romper: se necesita ahorrar para comprar, pero mientras se ahorra también se debe pagar por vivir.


Los ingresos no avanzan al mismo ritmo que el precio de las casas


Aquí aparece una de las principales claves del problema.


Una vivienda puede ser financieramente accesible para una familia con determinado nivel de ingresos y completamente inaccesible para otra.


El precio por sí solo no determina la posibilidad de compra. Lo hace su relación con el ingreso.


INEGI reportó que en 2025 la tasa de informalidad laboral entre las personas de 15 a 29 años fue de 58.8%, mientras que la tasa general para la población de 15 años y más fue de 54.3%. La tasa de desocupación juvenil se ubicó en 4.8%.


La informalidad es relevante porque puede dificultar la comprobación de ingresos y el acceso a determinados mecanismos de financiamiento.


Un joven puede trabajar, recibir ingresos y tener capacidad para pagar una renta, pero no necesariamente contar con las condiciones laborales y financieras que una institución considera suficientes para otorgar una hipoteca.


Esto cambia completamente la discusión.


El problema no es solamente que una casa sea cara. También es que una parte importante de quienes necesitan comprarla todavía no tiene una trayectoria laboral que les permita acceder fácilmente al financiamiento necesario.


La hipoteca permite pagar a largo plazo, pero no elimina el costo


El crédito hipotecario es una herramienta para distribuir el costo de una vivienda durante muchos años. No reduce por sí mismo el precio del inmueble.


Durante el primer trimestre de 2026, la tasa promedio de nuevos créditos a la vivienda se ubicó en 11.45%, de acuerdo con Banco de México. En mayo, el promedio registrado para este indicador permaneció en 11.46%.


El Banco de México también reportó para mayo de 2026 un CAT promedio de 13.96% para el indicador de costo de créditos hipotecarios considerado en su serie. Esto significa que financiar una vivienda implica asumir un costo considerable durante un periodo prolongado.


La mensualidad no es el único dato que debería observar un comprador. El plazo, la tasa, el enganche, las comisiones, los seguros y el costo total del financiamiento determinan cuánto terminará pagando una persona por la propiedad.


Para un joven que todavía no tiene un patrimonio previo, asumir una deuda de largo plazo puede representar una decisión financiera que condicionará buena parte de su vida adulta.


¿Y el Infonavit?


Para millones de trabajadores, el Infonavit constituye una de las principales vías de acceso a una vivienda.


El problema es que tener acceso a un crédito no significa necesariamente poder comprar la casa que se necesita.


La capacidad de financiamiento está vinculada con el salario, la trayectoria laboral y la capacidad de pago. Además, el precio de las propiedades disponibles en las ciudades donde existen empleos puede superar lo que un trabajador puede financiar.


Es ahí donde aparece una de las contradicciones del mercado.


Una persona puede tener empleo formal, cotizar y contar con acceso a un crédito, pero descubrir que las viviendas disponibles dentro de su presupuesto están demasiado lejos de su centro de trabajo o de los servicios que necesita.


El crédito existe.

La vivienda existe.

Lo que no necesariamente existe es una coincidencia entre precio, ingreso y ubicación.


El problema también es dónde está la vivienda


Una vivienda económica ubicada a decenas de kilómetros del lugar de trabajo no necesariamente representa una vivienda accesible.


La distancia tiene un costo.


Se paga en transporte, gasolina, tiempo y calidad de vida.


En el Valle de México, por ejemplo, la expansión de la vivienda hacia municipios periféricos ha estado acompañada por largos desplazamientos hacia las zonas donde se concentran empleos y servicios. En otras áreas metropolitanas ocurre una situación similar.


Por eso, el análisis de Eduardo López Portillo sobre vivienda incorpora una dimensión que suele quedar fuera de la conversación: la infraestructura urbana y la movilidad.


En su análisis, el especialista plantea que enfrentar el problema requiere algo más que construir casas. También es necesario fortalecer infraestructura, movilidad y servicios para evitar que el crecimiento de las ciudades termine alejando a la población de las oportunidades económicas.


La ubicación forma parte del precio real de una vivienda.


Una propiedad más barata puede terminar siendo más costosa si obliga a una persona a pasar cuatro horas diarias en transporte.


El crecimiento de las ciudades también encarece el suelo


El precio de una vivienda no depende únicamente de los materiales con los que fue construida.


El suelo tiene un peso determinante.


Cuando una ciudad atrae inversiones, empleos y población, aumenta la demanda por terrenos ubicados cerca de las zonas donde se concentra la actividad económica. Eso genera presión sobre el precio de la tierra y, posteriormente, sobre el precio de las viviendas y las rentas.


El fenómeno puede observarse en distintas zonas de Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, donde determinados barrios han cambiado rápidamente debido a nuevas inversiones, comercios, servicios y residentes con mayor capacidad de pago.


López Portillo ha abordado esta transformación desde la perspectiva de las políticas públicas y la economía urbana. En un análisis reciente sobre los cambios en barrios de distintas ciudades mexicanas, relacionó el aumento de actividades comerciales orientadas a consumidores con mayor poder adquisitivo con transformaciones en el valor del suelo y de las rentas.


La discusión sobre vivienda, por tanto, también es una discusión sobre quién puede permanecer en determinadas zonas de una ciudad.


La vivienda para jóvenes no necesariamente significa vivienda en propiedad


Otro punto importante es que la solución para los jóvenes no necesariamente pasa, en todos los casos, por comprar una casa inmediatamente.


La propia política pública ha comenzado a incorporar esquemas de renta.


En 2025, la Comisión Nacional de Vivienda elevó de 50 mil a 86 mil viviendas su meta inicial del Programa de Vivienda para el Bienestar. De ese universo, 20% se destinó a un esquema de renta dirigido principalmente a jóvenes que estudian o trabajan.


La decisión reconoce una realidad: una persona joven puede necesitar primero una vivienda adecuada y accesible antes de estar en condiciones de adquirir una propiedad.


La renta puede ser parte de una solución habitacional si se encuentra dentro de la capacidad económica del trabajador y si la vivienda está ubicada cerca de empleos, transporte y servicios.


El problema aparece cuando la renta consume una proporción demasiado elevada del ingreso y, al mismo tiempo, impide generar el ahorro necesario para comprar posteriormente.


México todavía tiene un problema de rezago habitacional


La discusión sobre los jóvenes no puede separarse de un problema habitacional mucho más amplio.


El sistema de información de CONAVI registra actualmente más de 8.3 millones de hogares con rezago habitacional a nivel nacional, frente a cerca de 30 millones sin rezago dentro del universo registrado.


El rezago incluye condiciones que van más allá de no tener una casa propia.


Una vivienda puede existir y, sin embargo, presentar problemas de materiales, espacio, servicios o condiciones que impiden considerarla adecuada.


Por eso, México enfrenta simultáneamente dos desafíos: atender a quienes no cuentan con una vivienda adecuada y generar nuevas opciones para una población joven que busca independizarse y formar patrimonio.


Comprar una casa también se volvió una cuestión generacional


Durante décadas, adquirir una vivienda representó una de las principales formas de construir patrimonio familiar.


Para una parte de las generaciones anteriores, el proceso podía comenzar con un empleo estable, un crédito y una propiedad cuyo valor estaba relativamente alineado con el ingreso.

El escenario actual es diferente.


Los jóvenes llegan al mercado laboral con precios inmobiliarios elevados, mayor movilidad laboral, una proporción importante de informalidad y ciudades donde el suelo disponible cerca de las zonas de empleo es cada vez más costoso.


Eso no significa que comprar una casa sea imposible para toda una generación.

Significa que el momento en el que se puede comprar y las condiciones necesarias para hacerlo han cambiado.


Un trabajador puede necesitar más años de ahorro, combinar ingresos con otra persona, acceder a un crédito público y bancario, comprar una propiedad más pequeña o alejarse de la zona donde trabaja.


En otros casos, puede permanecer en casa de sus padres durante más tiempo.


La vivienda termina influyendo incluso en decisiones personales que antes parecían independientes del mercado inmobiliario.


¿Por qué los jóvenes no pueden comprar una casa?


La respuesta no está en un solo dato.


Los precios de la vivienda aumentaron 8.7% anual durante el primer trimestre de 2026 y el valor promedio de una propiedad adquirida mediante crédito hipotecario superó los 2 millones de pesos. La tasa promedio de nuevos créditos a la vivienda se ubicó en 11.45%. Al mismo tiempo, casi seis de cada 10 jóvenes de 15 a 29 años se encontraban en condiciones de informalidad laboral en 2025.


Cada cifra representa una parte del problema.

  • El precio determina cuánto se necesita financiar.

  • El ingreso determina cuánto se puede pagar.

  • El empleo determina qué tan estable es ese ingreso.

  • El ahorro determina si existe capacidad para cubrir un enganche.

  • La tasa de interés determina cuánto cuesta financiar la diferencia.

  • Y la ubicación determina cuánto cuesta realmente vivir en esa vivienda.


Por eso, José Eduardo López Portillo plantea que el acceso a la vivienda debe analizarse como parte de un problema económico y de política pública más amplio. No se trata únicamente de construir más casas, sino de generar condiciones para que la vivienda esté vinculada con el ingreso de las familias, las oportunidades laborales, la infraestructura y el crecimiento ordenado de las ciudades.


El reto para México es acercar vivienda, empleo e ingresos


La discusión sobre los jóvenes y la vivienda apenas empieza a adquirir la dimensión que merece.


México necesita atender el rezago existente, ampliar la oferta de vivienda accesible y encontrar mecanismos que permitan que quienes comienzan su vida laboral puedan independizarse sin destinar una proporción desproporcionada de sus ingresos a la vivienda.


También necesita resolver una cuestión territorial.


Si las nuevas oportunidades de empleo se concentran en determinadas ciudades, pero la vivienda accesible se construye lejos de ellas, el problema simplemente cambia de lugar.


El trabajador tendrá una casa, pero enfrentará mayores costos de transporte y tiempo.


Si, por el contrario, la vivienda se construye cerca de los empleos pero está dirigida a personas con ingresos que no corresponden a los trabajadores de esa zona, la oferta tampoco resuelve el problema.


La solución requiere que las políticas de vivienda, desarrollo urbano, movilidad y empleo se diseñen de manera coordinada.


Ese es uno de los puntos centrales en el análisis de José Eduardo López Portillo: la vivienda no puede verse únicamente como una propiedad inmobiliaria; también es parte de la estructura económica de las ciudades y de las posibilidades que tiene una persona para construir patrimonio.


Al final, la pregunta “¿por qué los jóvenes no pueden comprar una casa?” tiene una respuesta más amplia de lo que parece.


No es simplemente porque las casas sean caras.


Es porque el precio de la vivienda, el nivel de ingresos, el costo del crédito, el ahorro disponible, el mercado laboral y la ubicación de los nuevos desarrollos dejaron de avanzar al mismo ritmo.


Mientras esa brecha continúe, comprar una casa seguirá siendo para muchos jóvenes mexicanos una meta que se aleja cada vez que intentan alcanzarla.


José Eduardo López Portillo, especialista en economía, análisis económico y políticas públicas
José Eduardo López Portillo, especialista en economía, análisis económico y políticas públicas

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